Cuando un guerrero logra perdonarse, se convierte en caballero, deja de luchar y es iniciado en el arte de fluir. Fluir es entregarse, y nacer de nuevo.

Logré perdonar al guerrero que era. Asumir las heridas inflingidas a otros, y las recibidas, como parte de un plan divino. Guardé la espada rendida de amor a lo largo de toda mi espalda. Ahora la uso como equilibrio. La guerra de los siglos, de la luz contra la oscuridad, ha terminado.

La batalla de los buenos contra los malos finaliza cuando se comprende que somos espejos, los unos de los otros. Partes del mismo cuerpo colectivo.

Dios es uno en nosotros.

El amor es incondicional.

El sistema de la razón, el de las víctimas y los culpables, nos separó. Nos separó de nuestra divinidad, y de nuestra Madre tierra, y de nuestros propios hermanos, y de los animales. Y del Padre celestial.

Nos separó de nuestro Ser. Nos enfrentó con nosotros mismos.

La vida no es un luchar sino un fluir.

Fluir como la sangre en las venas, como el agua en los ríos, como la luz por la noche oscura.

Fluir es entregarse. Y nacer de nuevo.

Santiago Pando

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